Llego de la calle, la inmunda calle, que asquerosas imágenes me revela, que no son más que las consecuencias de nuestras propias actitudes. Venia caminando por la avenida Callao que, atravesada por Rivadavia, se convierte en Entre Ríos, mi marcha seguía sin pena ni gloria, cada tanto alzaba la vista para poder admirar las cúspides de los edificios, que particularmente a mi, me dan a entender por su lejana belleza arquitectónica, lo distante que estamos de la apreciación de la belleza aquí abajo. Estamos muy alejados de la armonía que guardan en cada uno de los minúsculos detalles esas obras, que el costo de su realización habrá hecho no dormir a más de un escultor. Mientras daba rienda suelta a mi admiración, una vocecita muy dulce interrumpió mi atención. "Señor, no me da una moneda?", fue la pregunta que surgió de la boca de una criatura que no superaba los 5 años de edad. Esa boca y labios destinados a sonrisas y demás gestos que demuestren alegría, exclaman un humilde pedido de dinero, quizás para resarcir el apetito voraz que carcomía el pequeño estomago oculto tras esa harapienta remerita, o talvez para comprar y luego consumir alguno de esos pegamentos utilizados por los niños en condiciones similares a esa nenita. Utilizados para olvidar, olvidar que tienen hambre y frió, y luego cuando el efecto va pasando y la droga terminándose, vuelven las desesperadas ganas del desmedido consumo, llevándoles a cometer barbaridades y atrocidades, de las cuales cualquiera puede ser victima, pero victimas secundarias ya que las victimas esenciales son ellas. El helado sentimiento que atravesó mi cuerpo en ese momento, me impulso a apoyar mi mano en su indefenso hombrito, y con una voz apenas audible dije: "¿No tenes ganas de comer algo?". Casi sin pensarlo asintió con su cabecita. Los pueriles ojos, que hasta eso momento se encontraban semicerrados, parecieron haberse abierto como nunca antes, lo que me llevo a deducir que aquella chiquilla le asombro mi no tan loca propuesta. Sin preguntar, y casi como un acto reflejo, extendí mi mano hacia la suya, la nenita al entender mi modesto pedido acerco su manito sucia a la mía. El camino no dio lugar a más de 15 metros, en donde se encontraba una lujosa panadería. Hice no poco esfuerzo para poder abrir la pesada puerta, y ella soltó mi mano apenas percibió que la entrada a la panadería no le iba a ser negada y que mi propuesta seguía todavía en pie. El lugar, de algún modo brillaba, pues las deliciosas masas habían sido impregnadas de alguna especie de azúcar que las hacían curiosamente destellantes e inundaban de un sabroso aroma la habitación. No recuerdo con mucho detalle lo que compramos, pero al salir, ella se aferro a su preciada conquista, como si no supiese si esta dichosa oportunidad se iba a volver a presentar, o como si ese alimento fuese a ser el último que iba consumir, su última cena, pues muy pocos, o casi nadie, saben que fue de la existencia de esa criatura. La vi a ella y a su estimado botín alejarse y perderse entre la oscuridad de las calles, pero al retomar el rumbo hacia mi casa, la recordé en la próxima esquina que atravesé, pues otro niño desvalido disputa su existencia revolviendo cartones, ayudando a quien yo consideraba su madre. Para estas personas ayudarlas hoy ya es tarde, ya que mañana el hambre oprimirá de nuevo sus estómagos y el frío hará desmanes con sus cuerpos.
J.I.D.
prohibido prohibir
Hace 21 años